El propio Curry reconoció que en aquel momento no sospechaba que su percepción visual era anormal. “Era 2018 y yo no sabía que tenía visión borrosa extrema o imágenes distorsionadas; era simplemente la forma en que veía las cosas, y nos adaptamos a eso”, compartió en una entrevista con una revista. Sin puntos de comparación, continuó compitiendo al más alto nivel sin consultar a un especialista.
La situación cambió durante un partido de visitante en 2018, cuando Bob Myers, en ese entonces gerente general de los Warriors, pudo notar algo inusual a través de la transmisión de televisión: la cámara repetidamente enfocaba el banco de suplentes, donde Curry se veía entrecerrando los ojos, como si le costara seguir el juego.
“Me escribió un mensaje después del partido porque, al parecer, la transmisión seguía mostrándome sentado ahí, y me dijo: ‘Estás con los ojos entrecerrados, como si no pudieras ver nada. ¿Te chequeaste los ojos? Deberías ir, porque eso no era normal’”, recordó el jugador. Tras esa advertencia, Curry decidió visitar al oftalmólogo, con la convicción de que no habría un problema serio. “Pensé que no iba a ser nada”, admitió.
Sin embargo, el diagnóstico confirmó sus temores: sufría de queratocono, una deformidad en la córnea que causa una progresiva borrosidad y distorsión visual. De acuerdo a la Academia Americana de Oftalmología, esta enfermedad es poco habitual, aunque se diagnostica con mayor frecuencia en personas de raza negra.
“Me dijeron que tenía una condición rara llamada queratocono, que provoca borrosidad e imágenes distorsionadas. Lo que descubrí es que es una condición progresiva que puede deteriorar la visión con el tiempo, y es irreversible si avanza en la dirección equivocada”, explicó Curry. La seriedad de su situación lo llevó a reconsiderar su rutina dentro y fuera de la cancha.
En ese momento, ya había obtenido dos títulos de la NBA y dos premios MVP, incluido el de la temporada 2015-2016, donde se convirtió en el primer jugador en recibir esa distinción por unanimidad. Durante las temporadas 2017-2018 y 2018-2019, promedió cerca de 27 puntos por partido con un 50% de efectividad en tiros de campo y un 43% en triples, todo mientras lidiaba con una visión comprometida.
La adaptación a los lentes de contacto resultó ser un desafío. Curry admitió haberse mostrado renuente al cambio durante el primer o segundo año, impulsado por la costumbre de competir sin ellos: consideraba que podía seguir jugando de la misma manera. “Era parte de mi trabajo poder ver el aro y la cancha, aunque fuera borroso. Pensaba: ‘Ya me acostumbré a esto’”, confesó con humor.
Con el tiempo, encontró los lentes adecuados que le ofrecieron un buen ajuste y graduación, los cuales permanecían estables durante el juego. Ocho años después de su diagnóstico, Curry se realiza controles oftalmológicos cada seis meses y asegura que su tratamiento “frenó toda la ansiedad sobre adónde podía llegar esto”.
El jugador cerró la entrevista con una broma sobre su trayectoria, señalando que “cuando me retire, mis memorias deberían llamarse Todo el tiempo que no podía ver”. Más allá del tono humorístico, dejó un mensaje claro para quienes puedan presentar síntomas similares: “Quiero que la gente vaya a chequearse y tenga esas conversaciones con los médicos oculistas”.












