“Decir que un perro se venga, un perro no se venga”, afirmó el especialista. Según señaló, cuando un animal causa daños tras la salida de su tutor, lo más probable es que experimente frustración o estrés.
La humanización de un animal, según Liquindoli, no se limita a mostrar cariño o permitir que comparta ciertos espacios con los humanos. Por ejemplo, mencionó la costumbre de dormir con el perro en la cama. “Dormir en la cama con un perro, ¿es humanizar? No”, explicó. Indicó que los perros son animales sociales que disfrutan estar cerca de otros miembros de su grupo. También se refirió a otras prácticas que podrían considerarse formas de “humanización”, pero que no necesariamente lo son.
Por ejemplo, un perro puede ser transportado en un cochecito por diversas razones, como problemas de salud, ser un cachorro que no puede caminar distancias largas o ser un animal mayor. En estas circunstancias, el uso de estos dispositivos responde a sus necesidades específicas.
Uno de los ejemplos más destacados por Liquindoli fue la conducta de los perros al quedarse solos en casa. Muchas familias han presenciado la escena: el animal se queda solo, destruye objetos, tira cosas o causa destrozos, y al regresar, el dueño puede pensar que el perro lo hace como una forma de represalia.
“Me fui, cuando me voy de casa y me rompe todo, se venga. No, no se venga”, aclaró. Según el experto, el perro puede estar experimentando frustración o estrés, y estas emociones pueden dar lugar a comportamientos específicos.
Es esencial entender esta diferencia, ya que, de acuerdo a su explicación, el animal no está pensando en castigar a su dueño ni en evitar que, en el futuro, se ausente.
Interpretar el comportamiento desde una perspectiva humana puede conducir a conclusiones erróneas. “El perro no se puede vengar, sí se puede frustrar, sí se puede estresar y pueden aparecer ciertas conductas como consecuencia de eso”, destacó. Por lo tanto, cuando un perro rompe cosas al quedarse solo, se debe analizar su comportamiento considerando lo que está sucediendo con el animal y no como un intento deliberado de hacer algo “malo”.
Esta comprensión permite abordar el problema de manera diferente, en lugar de castigar al perro por una reacción que puede estar relacionada con su incapacidad para lidiar con la ausencia de su tutor.
Liquindoli también señaló otro ejemplo común: la supuesta “culpa” que puede sentir un perro al hacer algo indebido. Atribuir un sentimiento de culpa a un perro implica, de nuevo, proyectar sobre él un estado emocional humano que no se ajusta a su realidad.
Para el especialista, el concepto de humanización se encuentra precisamente en esa proyección: atribuirle al animal comportamientos o habilidades propias de los humanos. “No tienen sentimiento de culpa”, afirmó.
Esto no significa que los perros carezcan de emociones. Al contrario, Liquindoli subrayó que pueden sentir frustración y estrés, entre otros estados.
La clave reside en no interpretar estas emociones como si funcionaran de la misma forma que en los humanos. “Creo que el tema de humanizar o no humanizar al perro es bastante más complejo”, concluyó.
Así, permitir que un perro duerma junto a su familia o usar un cochecito cuando lo necesite no equivale, necesariamente, a humanizarlo. El problema surge cuando se perciben sus comportamientos a partir de intenciones humanas que no se corresponden con su forma de procesar una situación.












