El domingo en Santa Fe comenzó fresco y con amenaza de lluvia. Sin embargo, Eugenia aportó su energía con una actuación impecable, logrando 90.33 puntos, lo que la llevó al primer lugar, superando a la chilena Ignacia Holscher (79.00). Su desempeño fue tan impresionante que no necesitó esperar la confirmación oficial para iniciar la celebración. Al finalizar su rutina, comenzó a alentar al público: “Yo ya sabía con la primera pasada que había hecho que iba a estar en el podio. Todo puede pasar porque los jueces ven otra cosa, pero lo presentía; así que apenas aterricé, levanté la mano y empecé a festejar. Y también por la gente que ya estaba ahí desde temprano alentando, me salió de adentro”, comentó.
Pero el oro no fue el único reconocimiento. Su hermana, María Victoria, logró el bronce (67.66). Eugenia expresa: “No es lo mismo estar en el podio sola con el himno que estar con tu hermana al lado, y con tu familia y amigos de frente. Encima de local, es todo un combo perfecto”, dejando entrever su emoción.
“En el viaje juntas hacia Santa Fe, hablábamos sobre que el último sudamericano en el que compartimos podio fue en Cochabamba en 2018. Teníamos muchas ganas de repetirlo, no importaba la posición, la idea era estar las dos juntas”, agrega. Lejos de rivalidades, describe a Vicky como su gran apoyo: “Compito contra ella desde que tengo memoria. Nunca hubo competencia, siempre fue apoyo. Competir con la persona que más te inspira y que más amas te brinda otra perspectiva del deporte”.
Este nuevo logro se suma a su colección de títulos poco después de haber hecho historia en Rieti, Italia, donde ganó su tercer Campeonato Mundial (IWWF). Aunque la trayectoria podría resultar abrumadora, Eugenia lo vive con frescura: “Creo que ahora lo disfruto aún más. En mi primer Mundial tenía muchas ganas del título porque desde los nueve años soñaba con ser campeona. En el tercero fue más como ‘voy a hacer lo mío, lo voy a disfrutar’. Ya no depende tanto de mí, sino de ir y darlo todo; en ese sentido, lo estoy disfrutando mucho más ahora que hace cuatro años”, reflexiona.
¿Siente presión por su legado? Para ella, es intrascendente. “Siempre he tenido una mentalidad de atleta; es lo que más amo y por lo que vivo, así que esa presión me la impongo yo misma y la puedo quitar, disfruto más que nada”, concluye.
Con un futuro promisorio en su horizonte —tres oros suramericanos, dos panamericanos y tres mundiales—, su ambición está intacta: “Me voy a tomar este tiempo para seguir entrenando, hacer trucos y maniobras nuevas para las próximas competencias, porque ya estoy cansada de mi rutina y quiero cambiarla un poco más”, comparte pensando en los torneos nacionales. Sin embargo, siempre aparece un nuevo desafío en su carrera: “En la liga de Estados Unidos he quedado en segunda, tercera, cuarta… todos los lugares menos primero. Ese es el único puesto que me queda pendiente”, advierte.
Mientras la medalla dorada brilla en su pecho, Eugenia De Armas concluye la llamada para dirigirse a la panadería. “Estamos en familia, muy emotivos, mis padres llorando, nosotras llorando, así que no nos queda más que disfrutar y tomar unos mates”, finaliza. Quien domina las aguas decide celebrar con la sencillez de una docena de facturas, continuando así su travesía histórica.












