Los hallazgos de Vilović sugieren que la fotosíntesis, esencial para la cadena alimentaria en la Tierra, podría ser viable en planetas que orbitan estas estrellas más frías. “La luz de las enanas K es una fuente de luz muy, muy interesante, y en mi opinión debería tenerse en cuenta, cuando no priorizarse, en cualquier tipo de búsqueda de vida extraterrestre”, declaró la doctora, quien actualmente forma parte del Instituto Leibniz de Astrofísica en Potsdam, Alemania.
Específicamente, bajo la luz de estas estrellas, la vida extraterrestre podría florecer en planetas ligeramente más grandes que la Tierra, conocidos como supertierras. Investigadores como Vilović consideran que estos mundos podrían ser, de hecho, los más prometedores para albergar vida en la galaxia, quizás incluso más aptos que nuestro propio planeta.
A estos planetas se les denomina “mundos superhabitables”, ya que permitirían que la vida basada en el carbono perdure y se desarrolle en formas más complejas y diversas que en la Tierra.
Un mundo superhabitable, según la ciencia, tendría entre un 20 y un 30 por ciento más de superficie y el doble de masa que nuestro planeta, situado a la distancia idónea de su estrella para que el agua permanezca en estado líquido. La mayor gravedad de estas supertierras retendría con mayor eficacia las moléculas en su atmósfera, ofreciendo un clima más cálido y estable, lo que favorecería el desarrollo de formas de vida alienígenas (o sus equivalentes). Además, su núcleo de hierro más grande generaría un campo magnético más fuerte, protegiéndolas mejor de la radiación cósmica.
Imaginemos cómo sería la superficie de un planeta superhabitable, visualizando un paraíso: un orbe más esférico y uniforme que la Tierra, donde la gravedad más intensa suaviza las superficies continentales y llena los océanos. El agua podría estar distribuida de manera uniforme, creando lagos y mares poco profundos.
En la Tierra, los mares poco profundos y las islas tropicales son conocidos por ser uno de los hábitats más ricos en biodiversidad. Ahora imaginemos un mundo completo de archipiélagos y arrecifes en un clima templado, donde la abundante actividad biológica y la geografía variada fomentan una explosión de distintas especies. La luz anaranjada de una estrella enana tipo K podría llegar sin obstáculos hasta el fondo marino, alimentando un ecosistema marino próspero y diversificado.
A partir de la década de 2010, los astrónomos comenzaron a considerar la posibilidad de planetas un poco más grandes y hospitalarios que la Tierra, así como los lugares donde podrían encontrarse. Esta reflexión surgió a raíz de una pregunta de John Armstrong, profesor en la Universidad Estatal Weber en Utah, quien comentó en un seminario de astrobiología en línea: “¿No debería haber planetas más habitables que la Tierra?”
La cuestión llamó la atención de otro astrónomo, René Heller, quien actualmente trabaja en el Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar en Alemania. En su consideración acerca de la búsqueda de señales de vida química en mundos lejanos, Heller observó que la astronomía había estado enfocándose en encontrar “gemelos de la Tierra”: planetas de características similares que orbitan estrellas parecidas al Sol. Sin embargo, se cuestionó si realmente la Tierra es el prototipo más adecuado para la vida. “Se me ocurrió que la humanidad busca actualmente planetas similares a la Tierra con el mismo sesgo antropocéntrico”, reflexionó Heller. “Sin lugar a dudas, la Tierra es especial para nosotros, pero desde una perspectiva universal, ¿por qué debe ser la Tierra la referencia?”
Es importante señalar que la habitabilidad de la Tierra es, en cierto modo, marginal. Desde una perspectiva astrobiológica, se considera que para que surja vida en un planeta debe haber agua en su superficie, y de hecho, las primeras bacterias aparecieron en la Tierra una vez que el agua comenzó a acumularse en su superficie, alrededor de hace cuatro mil millones de años. Si la Tierra hubiera estado solo un 2% más cerca del Sol, esta acumulación no se habría producido, lo que habría llevado a la evaporación del agua. Afortunadamente, hemos tenido suerte, pero esta podría agotarse: el Sol se está expandiendo y volviendo más brillante. Los científicos estiman que en unos quinientos millones de años, la Tierra será demasiado caliente para sostener vida compleja.
Para Heller, la búsqueda de mundos más habitables implica una búsqueda fundamental: “averiguar si estamos solos, si pueden habernos encontrado, si hay alguien con quien hablar”, expresó.
“Aunque no soy, al menos en mi vida cotidiana, una persona muy espiritual, esa pregunta me incentiva: ¿puede haber alguien?”
Heller se comunicó con Armstrong y en 2014 coescribieron un artículo donde presentaron la hipótesis de los mundos superhabitables, concebidos como supertierras repletas de archipiélagos, sugiriendo una nueva meta para las investigaciones astronómicas. “Hay que considerar los mundos superhabitables para futuras observaciones de seguimiento en procura de indicios de vida extraterrestre”, afirmaron en su trabajo.
Ambos argumentaron que las enanas naranjas tipo K, por su tamaño y temperatura, constitirían mejores estrellas anfitrionas para estos mundos que las estrellas similares al Sol, ya que consumen su combustible de hidrógeno de manera más lenta y su luminosidad es más constante. Se calcula que el Sol dispondrá de solo unos cinco mil millones de años de combustible antes de convertirse en una estrella gigante roja que podría engullir la Tierra. En contraste, las enanas K podrían proporcionar un entorno estable por decenas de miles de millones de años, ofreciendo así más tiempo para la evolución de formas de vida complejas.
¿Qué formas de vida podrían existir? Solo podemos especular. Lo único seguro es que en los últimos cuatro mil millones de años, los seres vivos en la Tierra han ido complejizándose y evolucionando hasta alcanzar una inteligencia similar a la humana.
“Las enanas K parecen ser las estrellas ideales para todos”, opinó Johanna Teske, científica planetaria en el Instituto Carnegie para la Ciencia de Washington D. C. Los planetas que pueden conservar agua líquida están más cerca de las enanas K que de estrellas como el Sol, lo que facilita su observación.
La búsqueda de vida en planetas a decenas o cientos de años luz implica detectar gases en sus atmósferas que pudieran ser indicativos de actividad biológica. Telescopios como el espacial James Webb son capaces de examinar el cielo de planetas rocosos cercanos a las pequeñas estrellas rojas, denominadas enanas M. Hasta la fecha, la mayoría de estos planetas han resultado ser rocosos y carentes de atmósfera por la intensa radiación de sus estrellas.
Explorar los cielos de posibles mundos superhabitables, particularmente supertierras en órbita alrededor de estrellas enanas tipo K, parece ser una tarea factible en el futuro, siendo el primer paso localizar candidatos cercanos.
Heller lidera la misión Plato de la Agencia Espacial Europea, que tiene programado el lanzamiento de un telescopio espacial en 2027 con el objetivo de detectar planetas potencialmente habitables, incluidas supertierras que orbitan enanas K. “Probablemente encontraremos algunos, quizás una docena”, estimó. “Pero no aprenderemos mucho de ellos”.
A medida que se realicen investigaciones de seguimiento con otros telescopios, se obtendrán más detalles sobre la composición química de estas atmósferas. Es posible que el telescopio Webb pueda estudiar la atmósfera de algunas supertierras potencialmente habitables en los próximos años. El Telescopio Extremadamente Grande, en construcción en Chile, contará con 39 metros de diámetro, lo que le permitirá detectar más exoplanetas de este tipo. Con la misión espacial de la NASA denominada Observatorio de Mundos Habitables, se espera que en la década de 2040 se realicen observaciones más exhaustivas y concluyentes.
Para Iva Vilović, la búsqueda de planetas superhabitables representa, en parte, “el sueño idealista de un mundo con condiciones maravillosas, no afectado negativamente por los seres humanos”. También indica un “entusiasmo por encontrar extremos”: la versión más extraordinaria del tipo de vida que conocemos.
En cuanto a la posibilidad de que ese sueño se vuelva realidad, la doctora Vilović se muestra optimista. “Me gusta creer que, estadísticamente hablando, en el ámbito universal es probable que exista vida, especialmente en planetas superhabitables”, expresó.












