Hoy tiene 61 años, es viuda y prefiere mantener su identidad en reserva. Su historia comenzó en 1986 y dio un giro inesperado este jueves, cuando la Justicia halló restos de un recién nacido en una cripta del cementerio de la Ciudad de Mendoza.
Entre los pequeños huesos había una chapita igual a la que ella conservó durante 40 años. Hasta hace unos 20 años, en los hospitales mendocinos se colocaba a la madre una chapita numerada atada con un lazo y otra con el mismo número al bebé. Ese sistema permitía reconocerlo y era el que habilitaba su salida del hospital junto con la madre. Hoy se utilizan cintas que no pueden cortarse.
La mujer presenció el procedimiento en el cementerio, acompañada por su hija mayor. Ahora aguarda los resultados de un análisis de ADN que determinará si finalmente encontró a su hijo.
“Fue muy duro, pero a la vez con la esperanza de haberlo encontrado después de una búsqueda de tantos años”, contó. También reconoció que la ansiedad convive con una sensación difícil de explicar: “Mi corazón me dice que sí es mi hijo. Todo parece un sueño. Ya quisiera tener los resultados”.
En 1986, ya era madre de una nena de dos años que había nacido a término en otro hospital. Su segundo embarazo, en cambio, estuvo atravesado por complicaciones desde el comienzo. “Desde el segundo mes empecé a tener hemorragias y pasé la mayor parte del embarazo hospitalizada”, recordó.
Entre las semanas 28 y 30 de gestación, los médicos decidieron trasladarla al Lagomaggiore, la principal maternidad pública de Mendoza. En el centro donde estaba internada no había incubadoras disponibles para atender a un bebé prematuro.
La llevaron a una sala de partos para un nacimiento por vía vaginal. Pese a las dificultades del embarazo, recuerda con precisión los instantes posteriores al parto. “Cuando nace y lo están sosteniendo, sale una médica corriendo con mi bebé. Me dice que era un varón. No volví a verlo”, relató.
Después del parto, su estado de salud hizo necesaria una transfusión de sangre. Permaneció bajo atención médica durante un tiempo prolongado, hasta que la trasladaron a una habitación común.
“Cuando salí de la sala vi a mi marido y a mi mamá. No les permitían quedarse durante la noche. Me ubicaron en una habitación con otra mamá que había tenido a su bebé. Me quedé dormida”, reconstruyó sobre aquel momento doloroso.
Al despertarse, empezó a preguntar por su hijo. Quería saber cómo estaba, dónde lo habían llevado y cuándo podría conocerlo. Una médica le contestó que primero debía recuperarse y que más adelante podría verlo.
La respuesta definitiva llegó de la forma más cruel. “Otra médica me gritó desde la puerta de la habitación que me dejara de joder, que no podía verlo porque estaba muerto”, recordó.
La mujer aún conserva la escena con una claridad dolorosa. En la habitación había otra madre con su recién nacido en brazos, que quedó paralizada ante la reacción. “Al rato llegó mi marido y me encontró llorando”, precisó.
No recibió explicaciones suficientes sobre las causas de la muerte. Tampoco pudo ver el cuerpo ni organizar su entierro.
“Era mi derecho y se negaron todos. Hoy, con la edad que tengo y todo lo que aprendí, sé que tenía derecho a verlo, a despedirlo y a sepultarlo”, reflexionó.
La mujer dejó el hospital sin su bebé. Conservó la chapita y el recuerdo de aquel nacimiento, además del nombre que había elegido para su hijo, el mismo que años más tarde encontró escrito en la documentación oficial.
Tuvo otro hijo y reconstruyó su vida familiar. Pero el paso del tiempo no disipó las dudas. “Salí adelante con el tiempo, con la llegada de mi otro hijo, pero siempre pensando en ese hijo que en algún lugar estaba”, contó.
Nunca pudo entender por qué no le permitieron despedirse ni por qué no le entregaron el cuerpo. Tampoco logró explicar las contradicciones que encontró al acceder a los certificados.
Uno de los documentos indica que el bebé murió a las 20 del 3 de febrero de 1986; otro registra el nacimiento a las 23.05. Las diferencias de horarios y fechas integran ahora la investigación judicial.
La documentación reforzó una sospecha que la acompañó durante años: que su hijo quizá no hubiera muerto y que lo hubieran sustraído después del nacimiento.
Hace unos dos años, decidió reanudar la búsqueda. El paso decisivo llegó después de escuchar un informe de radio Nihuil sobre bebés desaparecidos en maternidades durante la democracia. También recibió orientación de un abogado del área de Derechos Humanos del Gobierno de Mendoza, quien le recomendó presentar el caso ante la Justicia Federal como una posible desaparición de persona.
Entonces se contactó con el abogado penalista Carlos Varela Álvarez, quien empezó a reconstruir los hechos y a buscar documentación.
La causa avanzó y la Justicia Federal ordenó revisar sectores del cementerio de la Capital mendocina donde podían hallarse restos de recién nacidos fallecidos en aquella época.
Este jueves 5 de noviembre, la mujer llegó al cementerio junto con su hija. Habían pasado cuatro décadas desde el parto y era la primera vez que estaba tan cerca de obtener una respuesta.
En una de las criptas, los investigadores encontraron bolsas con pequeños restos óseos. Entre ellos había una chapita que le resultó familiar de inmediato: era idéntica a la que había conservado durante tantos años.
El hallazgo representa una pista importante, pero todavía no permite asegurar que los restos sean de su hijo. Para determinarlo habrá que esperar los estudios genéticos.
La mujer ya entregó una muestra de ADN al Banco de Huellas Genéticas de Mendoza, que permitirá establecer si existe una coincidencia biológica. “Espero que podamos saber. Mi corazón me dice que sí es mi hijo”, insistió.
El resultado podría conocerse en los próximos días. La investigación, que tramita en la Justicia Federal de Mendoza, busca establecer qué ocurrió con el recién nacido, por qué su madre no pudo acceder al cuerpo y qué procedimiento permitió su traslado y sepultura.
La causa está a cargo del juez federal Marcelo Garnica y del fiscal Fernando Alcaraz. Las actuaciones incluyen la revisión de los registros hospitalarios y la búsqueda de posibles responsabilidades entre las autoridades y los trabajadores del Lagomaggiore de aquella época.
También se analizan las irregularidades de la documentación y la posibilidad de que hubiera otros casos similares en el hospital Lagomaggiore durante las décadas de 1980 y 1990. La investigación podría sacar a la luz otras historias.
Por el momento, la Justicia no confirmó que el bebé haya sido sustraído. El resultado del ADN será decisivo para orientar los próximos pasos.
“Todo parece un sueño”, repite. Esta vez, la respuesta que espera no depende de lo que diga un médico, sino de una prueba genética. Aunque el resultado sigue pendiente, algo ya cambió: aquella joven de 21 años a quien no dejaron despedirse de su bebé logró que su historia volviera a ser escuchada.
“Le tengo que agradecer a tanta gente que me ayudo y, como soy católica creyente, pedir que sigan rezando para que sea mi bebé, que esté con la familia”, aclaró.
Su marido, el padre del bebé, murió sin saber qué había sido de su hijo. El resto de la familia, incluida la madre y los hermanos, que hoy tienen 43 y 38 años, además de los cinco nietos del matrimonio, tendrá un lugar donde llorarlo, recordarlo y llevarle una flor.












