La percepción que tenemos del estrés, nuestra autoevaluación frente a situaciones difíciles y la naturaleza del estrés experimentado (no se siente lo mismo ante un desafío deportivo que frente a un problema financiero, por ejemplo) puede llevar a efectos positivos.
Así surge el concepto de eustrés, introducido en la década de 1970 por el endocrinólogo húngaro Hans Selye. Este término distingue el estrés positivo, aquel que actúa como un motor para el rendimiento, del distrés, que se asocia a la ansiedad y otros síntomas físicos y emocionales negativos.
“Originalmente, el término estrés era neutral, pero con el tiempo ha adoptado una connotación negativa”, comenta una experta en psicología del deporte y rendimiento. “La literatura científica ha establecido que el estrés puede estar relacionado con diversas enfermedades y problemas de salud mental, y las campañas de salud pública tienden a enfocarse en estos riesgos”.
Aumentando la comprensión de ambos tipos de estrés, una neurocientífica del King’s College de Londres los ilustra con la fábula de Dr. Jekyll y Mr. Hyde: Jekyll simboliza el eustrés, el aspecto positivo y bajo control del estrés, mientras que Hyde encarna el distrés, el negativo. “El distrés activa la amígdala, generando una respuesta evolutiva a amenazas que prepara al cuerpo para una reacción de lucha o huida”, explica. “Esto también provoca la liberación de hormonas del estrés, como el cortisol, que pueden incluir síntomas de taquicardia o dificultad para concentrarse”.
Por otro lado, el eustrés genera una emoción asociada a la motivación y al entusiasmo, provocando la liberación de dopamina, un neurotransmisor clave en el sistema de recompensa del cerebro. “Esta dopamina mejora la concentración y la motivación, permitiendo enfrentar desafíos con mayor claridad”, añade.
Así, bajo el eustrés, la creatividad y la productividad pueden verse potenciadas. En resumen, el distrés se produce cuando percibimos el estrés como algo amenazante, mientras que el eustrés brota cuando lo vemos como un reto positivo.
No es solo la situación en sí la que determina si se siente como eustrés o distrés, sino también nuestra interpretación personal. Algunos factores estresantes tienden a asociarse con efectos negativos o positivos, pero en última instancia, el impacto del estrés depende de cómo lo evaluemos: si confiamos en que puede ser beneficioso en lugar de debilitante.
“Cuando alguien ve el estrés como algo positivo, es probable que responda de manera más adaptativa a situaciones sobrecargadas”, señala la especialista. Un ejemplo de esto puede ser un atleta compitiendo, que logra superar su rendimiento habitual en un entorno que le genera presión.
La evaluación que hacemos del estrés también está influida por nuestras experiencias previas y el contexto en el que hemos crecido. Sin embargo, tanto la percepción como la valoración del estrés son flexibles. Para mejorar el rendimiento, la motivación y el bienestar, no se trata de esquivar el estrés, sino de modificar nuestra relación con él.
“Hay evidencia de que es posible realizar intervenciones educativas sobre el estrés que provoquen cambios en poco tiempo, aunque aún no se sabe la duración y el impacto de esas modificaciones en el manejo que tiene la persona sobre el estrés”, sostiene la profesional.
Además de la educación, técnicas como la visualización, en las que se imagina un desempeño exitoso en situaciones desafiantes, pueden ayudar a lidiar positivamente con el estrés. Una ilustración sería un candidato preparándose para una entrevista laboral: “Visualizarse en esa entrevista, gestionando la adrenalina y actuando con confianza puede entrenar al cerebro para asociar esas respuestas de estrés con resultados positivos”.
“Así, cuando la persona se enfrente a la situación real, el cerebro ya habrá realizado una conexión que favorezca la confianza y el dominio, lo que resulta en respuestas más positivas ante situaciones estresantes”.












