Los datos surgen de un análisis elaborado por una entidad privada a partir de información sobre ingresos y distribución socioeconómica. En la parte superior de la pirámide se encuentra el segmento ABC1, que representa al 5% de la población y requiere ingresos mensuales de al menos $7,5 millones.
La clase media alta, correspondiente al segmento C2, representa el 17% de la población y tiene un ingreso mínimo de $4 millones mensuales. Por debajo se encuentra la clase media baja, que concentra al 26% y establece un piso de $2,2 millones.
El segmento D1, correspondiente a la clase baja superior no pobre, es el más numeroso y representa al 31% de los hogares. Para formar parte de este grupo se requiere un ingreso mensual mínimo de $1,4 millones.
En el nivel inferior de la distribución se encuentra el 21% de los hogares, cuyos ingresos alcanzan los $900.000 mensuales y que se encuentran en condiciones de pobreza.
La concentración de los ingresos por debajo del promedio ayuda a explicar por qué el consumo masivo continúa en niveles reducidos pese a la mejora de algunas variables macroeconómicas, entre ellas la desaceleración de la inflación y la recuperación de los salarios reales.
El 78% de los hogares que se encuentra por debajo del ingreso promedio presenta, a su vez, una mayor propensión al consumo. Sin embargo, la capacidad para destinar recursos a bienes y servicios está condicionada por el nivel de ingresos disponible.
El ajuste alcanza a los distintos sectores socioeconómicos. En los hogares de mayores ingresos también se observa un mayor control de los gastos, con restricciones en el uso de determinados servicios y una revisión de costos fijos como seguros y coberturas de salud.
Las salidas, los viajes y las suscripciones a aplicaciones también forman parte de los gastos que se reducen. Al mismo tiempo, la búsqueda de ofertas se convirtió en una práctica habitual ante una menor capacidad de ahorro.
En los hogares de menores ingresos, la prioridad está puesta en cubrir las necesidades básicas, principalmente alimentación y el pago de impuestos. En este segmento también se busca evitar el endeudamiento y se reducen gastos vinculados con viajes, salidas y otros consumos no esenciales.
Cuando la situación económica se vuelve más crítica, cualquier gasto imprevisto puede alterar el presupuesto familiar. Las compras se concentran en productos con descuentos y aumenta el uso del crédito para afrontar gastos inesperados.
En los hogares más vulnerables también se registra una reducción en la cantidad y calidad de las comidas diarias. Los cambios en la alimentación incluyen la sustitución de determinados productos por alternativas de menor costo, como el reemplazo de carne por pollo y de verduras por harina.
El escenario muestra que los consumidores adoptaron comportamientos más selectivos y priorizan los canales de cercanía. Esta modalidad no responde solamente a una cuestión de comodidad, sino también a la intención de evitar compras impulsivas y concentrar el gasto en una canasta más reducida.
Las perspectivas para el consumo masivo dependen, en parte, de la evolución de la inflación y de los salarios. Si la inflación continúa desacelerándose y los ingresos reales logran recuperarse, el consumo podría acompañar la evolución del Producto Bruto Interno (PBI), aunque a un ritmo menor.
Las proyecciones ubican esa posible evolución del consumo masivo en un rango de entre -1% y +1%.












