La imagen mostraba únicamente su cabeza. Al solicitar una fotografía de cuerpo entero para conocerla mejor, Jimena, la madre de Amalia, se dio cuenta de que era mucho más grande de lo que habían imaginado. Para ese momento, ya estaban comprometidos con la idea de adoptarla.
Desde el refugio les habían compartido un detalle que los conmovió aún más: nadie había mostrado interés por ella durante los ocho años que llevaba allí.
El 20 de febrero de 2023, Dracu se unió a la familia. La adoptante recuerda la fecha con claridad, así como la expectativa de su hija, que se transformó en una curiosa anécdota: “Nunca se dejó agarrar a upa”. Tampoco se sube a los sillones ni a la cama, lo que ha hecho que su adaptación al hogar fuera diferente de lo que habían anticipado, pero aprendieron a comprenderla.
Detrás de su adopción se encuentra un trabajo constante que muchas veces no se refleja plenamente en las publicaciones de redes sociales. C.A.S.A. —Centro de Ayuda y Socorro Animal— opera en Capilla del Señor, en la provincia de Buenos Aires.
Eduardo, uno de los responsables, compartió que la organización comenzó hace 19 años, impulsada por cuatro amigas que gestionaron un terreno con el apoyo del municipio.
Él, ingeniero y psicólogo, se acercó al refugio como voluntario inicialmente por solo algunos fines de semana. Su compromiso se intensificó cuando recibió una solicitud de ayuda por una perra que había parido pero no podía amamantar a sus cachorros. Tomó a la madre y a los pequeños a su casa, donde los alimentaron con mamadera y ayudaron en la recuperación de la madre. Los cachorros fueron dados en adopción más adelante.
En febrero, Eduardo asumió un rol crucial en la reorganización del refugio, que contaba solo con dos personas trabajando, una de las cuales estaba por irse. Se convocaron voluntarios, se distribuyeron tareas y se comenzó a registrar de forma rigurosa las actividades y adopciones. Desde su reestructuración, han logrado encontrar hogares para 105 perros.
La visibilidad en redes sociales aumentó sus oportunidades de conseguir familias y recursos, aunque también atrajo más solicitudes de asistencia. Actualmente, el refugio alberga a aproximadamente 50 perros. Si bien el espacio permitiría recibir más, el verdadero límite radica en la capacidad de cuidado.
Entre ocho y diez personas llevan adelante las tareas diarias: alimentación, traslado de los animales al veterinario, corte de pasto y reparación de instalaciones. En caso de una urgencia, deben viajar al refugio, rescatar al perro y llevarlo a consulta. A esto se suman las vacunas, las castraciones, los tratamientos y la alimentación. Aceptar más animales de los que pueden atender comprometería la atención a los que ya están bajo su cuidado.
Los perros llegan de diversas maneras. Hay rescatistas que los encuentran heridos o abandonados y solicitan ayuda al no poder tenerlos en sus hogares. Otros llegan desnutridos o enfermos y necesitan atención continua. También hay personas que desean desprenderse de sus mascotas, una situación que Eduardo critica, recordando que el refugio no debe ser visto como un lugar para eludir responsabilidades.
Su experiencia incluye perros que llegaron con antecedentes complicados. Danco fue uno de estos casos. Según narró, este perro solía escapar, pelearse con otros y, por su tamaño, ocasionaba lesiones. Terminó en Zoonosis, donde pasó dos años, siendo considerado un perro muy peligroso. Sin embargo, al ser trasladado a Casa Refugio, el equipo descubrió que era un animal cariñoso. “El perro era un amor y consiguió familia”, resumió Eduardo.
El responsable enfatizó que para conocer a un perro es fundamental considerar su historia y observar cuidadosamente sus reacciones. “El perro tiene su historia, su contexto, sus traumas, sus miedos”, afirmó. Por ello, en el refugio trabajan junto a un adiestrador y ofrecen orientación a quienes adoptan. Un gesto cotidiano puede ser interpretado como una amenaza por un animal que ha padecido maltratos. Facilitar su adaptación requiere reconocer esas señales, proporcionar espacio y aprender a interactuar desde otra perspectiva.
La familia de Dracu ya estaba familiarizada con los retos que conlleva cuidar de un animal enfermo. Antes de Emilio, adoptaron un perro diagnosticado con linfoma, sabiendo previamente su condición. La experiencia fue dolorosa.
Al regresar a buscar un nuevo compañero, buscaban a un perro con alguna discapacidad, pero esperaban un escenario distinto. Así llegó Emilio, y posteriormente la decisión de adoptar a Dracu surgió al conocer cuánto tiempo había estado esperando en silencio.
“Decirte que la amamos es poco porque es muy especial para nosotros”, destacó Jimena. La perra que había pasado ocho años sin despertar interés ahora ocupa un lugar central en su vida cotidiana.
La convivencia en el hogar de Dracu ha tomado un rumbo inesperado en comparación con la expectativa de tener una pequeña perrita en brazos. Encontró en Emilio un compañero de juegos y una familia que aprendió a respetar sus preferencias. A pesar de que Amalia no puede llevarla en brazos, su madre recuerda esa diferencia con risas, enfatizando que no ha cambiado lo fundamental: “Es una compañía hermosa y la queremos un montón.”












