Aunque carece de una larga tradición en los mundiales, Bosnia ha forjado una identidad fuerte gracias a una generación de jugadores que ha demostrado su capacidad para competir con las grandes selecciones del fútbol. Su camino hacia el Mundial fue arduo, superando una eliminatoria europea exigente y logrando el pase tras vencer a Gales e Italia en penales, eliminando así a una de las potencias históricas del deporte.
En la fase de grupos, Bosnia y Herzegovina formó parte del Grupo B, junto a Canadá, Qatar y Suiza. Bajo la dirección de Sergej Barbarez, el equipo se destacó al avanzar a las instancias eliminatorias, siendo crucial su victoria por 3-1 ante Qatar, lo que reafirmó su intención de no solo participar, sino de dar pelea.
En su debut en Copas del Mundo, en 2014, se enfrentó a Argentina, un encuentro disputado el 15 de junio en el Estadio Maracaná de Río de Janeiro. En esa ocasión, Argentina ganó 2-1, con un autogol de Sead Kolašinac y un tanto de Lionel Messi, mientras que Vedad Ibišević anotó para Bosnia. Este gol fue significativo para Messi, quien regresó a marcar en un Mundial después de ocho años de sequía, desde Sudáfrica 2010.
Bosnia y Herzegovina se sitúa en el sureste europeo, en la parte occidental de la península de los Balcanes. Aunque es un país relativamente pequeño, su ubicación es estratégica y su historia está marcada por una rica mezcla de diversas culturas y religiones.
Limita al norte, oeste y sur con Croacia; al este con Serbia; y al sureste con Montenegro. A pesar de ser considerado un territorio sin salida al mar, Bosnia tiene un pequeño litoral en el mar Adriático, específicamente en la franja de Neum, que apenas abarca 20 kilómetros.
Sarajevo, su capital, es una ciudad con un rico patrimonio histórico y cultural, donde se entrelazan influencias otomanas, austrohúngaras y balcánicas. La geografía del país está compuesta por montañas, valles y ríos, siendo los Alpes Dináricos uno de sus rasgos naturales más característicos.
Con una superficie cercana a los 51.000 kilómetros cuadrados y una población de un poco más de tres millones de habitantes, Bosnia y Herzegovina tiene como idiomas oficiales el bosnio, el serbio y el croata, reflejando la complejidad de su composición social y la reciente historia de desintegración de la antigua Yugoslavia.
La guerra que asoló al país entre 1992 y 1995 marcó una de las etapas más duras de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, dejando cicatrices profundas en la sociedad e infraestructura de Bosnia, con ciudades devastadas y miles de víctimas. Sarajevo se convirtió en un símbolo de esa devastación, aunque con el tiempo logró reconstruirse, exhibiendo hoy una mezcla de memoria, resiliencia y vida cultural.
Sergej Barbarez, exjugador destacado en Alemania y figura del fútbol bosnio, dirige al equipo con la responsabilidad de restaurar la confianza de un seleccionado que no competía en un Mundial desde 2014.
La figura más representativa es Edin Džeko, capitán y emblema de los Dragones, que a sus 40 años disputa su última Copa del Mundo, aportando tanto goles como liderazgo crucial al plantel. Junto a él, otros jugadores clave como Sead Kolašinac, que se destaca en la defensa; Ermedin Demirović, un atacante relevante; y Anel Ahmedhodžić, que ha demostrado ser esencial en la retaguardia, contribuyen al sólido desempeño del equipo.
Además, una nueva generación de futbolistas, como Esmir Bajraktarević, agrega frescura al equipo. Este jugador, nacido en Estados Unidos y con experiencia en las selecciones juveniles norteamericanas, eligió representar a Bosnia y Herzegovina en conmemoración de sus raíces.
Doce años después de su última participación, el seleccionado bosnio volvió a un Mundial y logró un avance significativo al clasificarse para los 16avos de final. Enfrentarán a Estados Unidos, un rival que llega con un desempeño alentador en la etapa de grupos, y para Bosnia será una prueba de carácter determinante en su camino.












