jueves, julio 30, 2026
Despertate
  • Politica
  • Economía
  • Salud
  • Deportes
  • Sociedad
Despertate
  • Politica
  • Economía
  • Salud
  • Deportes
  • Sociedad
Despertate
Home Sociedad

Un chico anónimo, dos científicos húngaros y la secretaria de Roosevelt: conexiones inesperadas en la creación de la bomba atómica

30 julio, 2026
in Sociedad
Un chico anónimo, dos científicos húngaros y la secretaria de Roosevelt: conexiones inesperadas en la creación de la bomba atómica
Del niño que jugaba en la playa nunca se supo su nombre ni su destino. En cambio, su acompañante tenía un papel bien definido: era la secretaria del presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Ambos, a su manera, fueron responsables de que el mundo accediera a la era atómica. Representaron a esos personajes anónimos que siempre contribuyen a forjar la historia y, comúnmente, protagonizan momentos decisivos, hasta que son vencidos por el olvido.

La energía nuclear jugaría un rol crucial en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial en 1945, con las bombardeos atómicos que Estados Unidos realizó sobre Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, el origen de todo esto data de un periodo anterior a que estallara la guerra, cuando aún era evidente su inminencia.

En marzo de 1939, el mundo estaba al borde de un conflicto que se desencadenaría seis meses después, en septiembre. Hasta ese momento, las potencias de Gran Bretaña y Francia habían concedido todo lo que Adolf Hitler había solicitado. La última concesión fue entregar el control alemán sobre Checoslovaquia. La próxima exigencia de Hitler significaría la guerra.

Cuando el Reich invadió Polonia, estalló el conflicto. Pero en el año transcurrido desde la cesión de Checoslovaquia hasta el ataque a Polonia, los alemanes se apoderaron de todas las minas de uranio checas y detuvieron la venta de este elemento químico radiactivo hacia el exterior. La decisión alemana de acumular la totalidad del uranio disponible encendió alarmas entre los científicos de Estados Unidos, quienes también estaban realizando experimentos en energía nuclear. Comprendieron rápidamente que esto implicaba que los investigadores bajo el mando de Hitler estaban tras la misma meta que ellos y que se había abierto una carrera contrarreloj hacia el desarrollo atómico, en medio de una guerra inminente.

Ambos países intentaban lograr la fisión del átomo, es decir, la ruptura del núcleo de un átomo pesado de uranio mediante el bombardeo con neutrones, lo cual provocaría una liberación masiva de energía.

Si en años anteriores la fisión atómica había permanecido en un ámbito puramente científico, la sombra de la guerra transformó la investigación en un objetivo militar con un potencial destructivo que, aunque era sospechado, aún no se conocía en su totalidad. En Estados Unidos, el científico italiano Enrico Fermi lideraba la investigación sobre la reacción atómica en cadena, apoyándose en las teorías y los escritos de Albert Einstein. Ambos eran refugiados de regímenes totalitarios. Fermi había escapado de la Italia fascista de Benito Mussolini, mientras que Einstein había huido de la Alemania nazi en diciembre de 1932, un año antes de que Hitler asumiera el poder. Einstein también había llegado a convertirse en un renombrado profesor en la Universidad de Princeton, ubicada en Nueva Jersey.

Más refugiados europeos se integraban al proyecto atómico estadounidense. Junto a Fermi, trabajaban tres húngaros: Leo Szilard, Edward Teller y Eugene Paul Wigner. Se habían nacionalizado y llegaron a Estados Unidos en su escape de la presión soviética y alemana sobre Hungría. Fue Fermi con su equipo quienes se dieron cuenta de que Alemania buscaba alcanzar las mismas metas que ellos y que, además, contaba con un importante avance.

Si Estados Unidos quería vencer en esa carrera, el proyecto que lideraba Fermi requería más recursos: más dinero, más equipamiento, y más personas. Asimismo, necesitaba de la persuasión de esos hombres de ciencia para captar el interés de alguien dispuesto a respaldar una idea que pretendía desintegrar el átomo para dar origen a una nueva forma de energía de implicancias inimaginables.

En aquella primavera de 1939, con Europa como un polvorín a punto de estallar y aún faltando dos años y medio para que Japón bombardeara Pearl Harbor, el gobierno de Roosevelt y el poder militar estadounidense ya eran conscientes de que entrarían en guerra y que su principal adversario sería Hitler en Europa.

Fermi y su equipo pensaron, correctamente, que la única forma de avanzar sería interesar a Roosevelt y advertirle del peligro que suponía que Alemania obtuviera primero una nueva arma extraordinaria, una bomba cuya magnitud aún era un misterio.

Einstein, como figura de renombre mundial, era quien mejor podría captar la atención de Roosevelt. Un mensaje de Einstein podría cambiar el rumbo de los acontecimientos, creyeron los científicos de Fermi. Pero primero debían convencerlo para que ayudara.

A finales de julio de 1939, a poco más de un mes del inicio de la guerra, Szilard y Wigner, los dos húngaros del equipo de Fermi, se lanzaron a la búsqueda de Einstein. Szilard, cuyo inglés estaba marcado por su acento, tenía dificultad para adaptarse al rápido habla americano, a un idioma y una forma de expresarse que cambiaba día a día. Llamaron a Princeton y les informaron que Einstein estaba de vacaciones en Long Island, en un pueblo llamado Peconic.

No, el profesor Einstein no había dejado su dirección. Szilard no logró entender bien el nombre del lugar, pero reconoció Long Island y, con el ímpetu propio de la urgencia, los dos científicos decidieron emprender el viaje hacia el sureste neoyorquino sin saber exactamente dónde buscar su objetivo.

En un mapa, utilizando únicamente su memoria fonética, lograron deducir que Peconic podría estar cerca. Al mediodía, bajo un sol sofocante, Szilard y Wigner intentaron encontrar la casa de alquiler que ocupaba Einstein. Sin suerte, ya que casi no había a quienes preguntar; la mayoría estaban en la playa y quienes no estaban, no conocían al físico. Frustrados, los tres decidieron regresar a Nueva York sin haber logrado comunicarse con su colega alemán.

Sin embargo, antes de rendirse, se cruzaron con un pequeño que jugaba en la playa, alejado del bullicio y la compañía. El niño, de unos trece o catorce años, observó a los dos hombres con curiosidad y algo de diversión. No, el niño no conocía a Einstein. Los científicos le dijeron que se trataba de un visitante importante de Nueva York, y el chico, que no era tonto, le explicó que Peconic y todo Long Island estaban repletos de turistas.

Szilard posteriormente comentó que el niño estaba ansioso por ayudar a esos dos hombres desorientados. ¿Qué tan importante era el visitante? Los húngaros explicaron que era un científico alemán de renombre, y los ojos del niño se iluminaron: ¿no se referían a un anciano algo calvo, de aspecto loco y con el cabello desaliñado? Porque si era así, vivía muy cerca, a unos trescientos metros de la playa.

Minutos más tarde, Szilard y Wigner se encontraron frente a Einstein, que estaba vestido con pantalones cortos, pantuflas y un violín. Este último era el primer instrumento que su madre le había regalado a los tres años, ya que presumía que su hijo tenía ciertos retrasos en su desarrollo.

Respecto al niño que jugueteaba por la playa, que de alguna manera ayudó a decidir el rumbo de la Segunda Guerra Mundial, no quedó rastro en la historia.

Szilard, Wigner y Einstein llegaron a un acuerdo esa calurosa tarde: los húngaros regresarían a Peconic con Teller, quien hablaba fluidamente alemán e inglés, para que Einstein pudiera dictar la carta a Roosevelt en su lengua materna y Teller se encargara de la traducción al inglés. Szilard posteriormente diría sobre Einstein: “En cuanto entendió las implicancias del proyecto y el peligro de que Alemania tuviese primero la bomba atómica, estuvo dispuesto a ayudarnos.”

El 2 de agosto de 1939, un mes antes del estallido de la guerra, Szilard y Teller regresaron a Peconic, y Einstein dictó aquella carta trascendental, que luego Teller tradujo al inglés y firmó.

Este mensaje, una súplica que es todavía hoy una joya literaria e histórica, es un brillante ejemplo de sutileza y diplomacia en su contenido. Einstein destacó los trabajos de Fermi y describió el potencial del uranio como nueva fuente de energía, sugiriendo además que ciertos aspectos de la investigación merecían “atención inmediata y acción del gobierno”.

Después, con meticulosa claridad, delineó las posibilidades de la investigación que se estaba realizando: “Es posible pensar en la construcción de nuevas bombas que tendrían un poder mucho más grande que las que actualmente existen. Una sola de estas bombas, si se transporta en barco o detona en el puerto, podría destruir sin problemas todo el puerto y parte del área circundante.”

Einstein, sin embargo, tampoco tenía plena comprensión del formidable poder desatado por una bomba nuclear, que, como le mencionó a Roosevelt, sería muy pesada para ser transportada en un avión.

Más adelante, Einstein deslizó otra recomendación a Roosevelt: “Usted puede considerar apropiado que su gobierno mantenga un contacto continuo con estos físicos que están investigando la reacción en cadena… Que nombre a una persona de confianza como enlace, que asigne fondos al proyecto y, si es posible, que consiga la contribución de algunos laboratorios industriales privados”.

Finalmente, lanzó una advertencia crucial a Roosevelt: “Tengo entendido que Alemania ha interrumpido la venta de uranio de las minas de Checoslovaquia, ahora bajo su control. Esto tal vez tenga que ver con que el hijo del subsecretario de estado alemán, Von Weizaker, trabaja en el Instituto Kaiser Wilhelm, donde actualmente están replicando varios de los trabajos con uranio que realizan los estadounidenses.”

Más claro, imposible.

Fue gracias a la carta de Einstein, y al niño que estaba jugando por la playa, que se sentaron las bases para la energía nuclear, con todo el peso histórico que eso conllevó. Pero, para que la misión de los científicos húngaros avanzara, también necesitaban hacer llegar la carta a Roosevelt y hacer que el presidente se interesara en el proyecto atómico. Debían poner ese texto decisivo en manos de una persona de confianza del presidente que pudiera explicarle detalladamente lo que significaban esas dos páginas firmadas por el destacado científico alemán.

El incansable Szilard consideró que el mejor candidato para esta tarea era Alexander Sachs, un financista que había contribuido notablemente a las campañas electorales de Roosevelt y que también era uno de sus asesores. “Alex”, le dijo Szilard, “el resultado de la guerra depende de esto”. Sin embargo, en ese momento, no había guerra. Todo agosto transcurrió sin que Sachs pudiera actuar: todo el mundo estaba de vacaciones, incluido Roosevelt.

El 1 de septiembre de 1939, Hitler invadió Polonia, y el 3 de septiembre, Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Alemania. Para el 11 de octubre, ya consciente de la trascendencia del documento que tenía en sus manos, Sachs pidió una reunión con Roosevelt, que le fue concedida de inmediato. Se encontraron en el Salón Oval de la Casa Blanca.

Sachs, en ese momento, cometió un grave error: temeroso de no poder transmitir eficazmente el mensaje, optó por leer la carta de Einstein palabra por palabra. Lo que hizo fue dejar de lado la comunicación personal que podría haber enfatizado la urgencia del contenido.

Sucedió lo esperado: el presidente no entendió casi nada de ese lenguaje tan técnico; se aburrió con la lectura, se quedó con la carta y sentenció la típica frase utilizada por los gobernantes ante enigmas: “Alex, tal vez sea un poco prematuro comprometer al gobierno en esto. Voy a nombrar una comisión investigadora para que me informe.”

Sachs comprendió que había dejado escapar su oportunidad, y que los alemanes podrían ser los primeros en salir victoriosos en aquella carrera científica por crear la bomba atómica.

A su vez, si Alemania no logró desarrollar la bomba nuclear antes que los aliados, fue, entre otros motivos, porque Hitler no confiaba en la física moderna; creía en una versión distorsionada de la ciencia, caracterizada por su visión de la física aria. Desmanteló el equipo de físicos judíos que trabajaban en la fisión atómica, y aquellos que no cerró en prisión o llevó a la muerte, los forzó al exilio.

El historiador William Manchester reveló que algunos de esos exiliados abandonaron Alemania llevándose consigo agua pesada para enriquecer el uranio, transportándola en botellas de cerveza color caramelo para protegerla del sol, y luego manteniéndola en los congeladores de sus nuevos hogares en Suiza.

Sachs, negligente en física, desesperado, optó por jugar su última carta, igual que habían hecho Szilard y Wigner en su búsqueda de Einstein en la playa de Peconic.

Ni bien salió del Salón Oval, se dirigió a la secretaria de Roosevelt: “Marguerite, debo estar mañana en el desayuno del presidente.” Marguerite LeHand, mano derecha del presidente, lo conocía mejor que muchos de sus asesores. Ella se encargaba de su dieta y su salud debido a las secuelas que Roosevelt padecía tras un ataque de polio; era los ojos del presidente dentro de la Casa Blanca, y se decía que había mantenido un romance con él.

También era consciente de lo rigurosa que era la agenda del presidente. Le respondió a Sachs con sinceridad: “Es imposible. El presidente tiene la agenda llena desde las ocho de la mañana. Y, Alex, no encajarás bien con los invitados que asistirán al desayuno.”

Sachs también sincero, le reiteró que la reunión con el presidente para él era crucial: “Marguerite, la guerra depende de mañana.” LeHand prometió hacer todo lo posible.

En su relevante obra histórica y periodística sobre esos años decisivos, Manchester, quien falleció en 2004, narra que Sachs pasó una noche difícil, apenas pudo dormir en su habitación en el Hotel Carlton, vecino a la Casa Blanca, un albergue conocido por ser refugio de espías durante los años más intensos de la Guerra Fría, especialmente durante la Crisis de los Misiles en octubre de 1962.

Fue gracias a los esfuerzos de LeHand y su capacidad de persuasión que al día siguiente Roosevelt aceptó ver nuevamente a Sachs, antes del desayuno, solo durante cinco minutos.

En ese breve encuentro, Sachs rápidamente le recordó a Roosevelt la carta de Einstein, señalando la probable acción en el desarrollo de una poderosa bomba. También, con astucia, trazó una analogía sobre la historia de Robert Fulton y su invención del barco de vapor, que cambió el mundo del transporte, el turismo, el comercio y la guerra.

Ni en 1803 había logrado Fulton convencer a Napoleón, que en su eterna confrontación con los británicos, terminó ignorando las ventajas de su invención. Napoleón entendió poco, probablemente pensó en crear una comisión investigadora, y perdió para siempre la oportunidad de derrotar a sus enemigos en el mar.

Roosevelt comprendió de inmediato la lección que le transmitió Sachs: “Alex”, le dijo, “¿quieres decir que hay que evitar que los alemanes nos hagan volar en pedazos?”

El 19 de octubre, Roosevelt respondió a la carta de Einstein. En su misiva reconoció la importancia de la propuesta del científico y prometió activar un equipo liderado por altos mandos del Ejército y la Armada para respaldar la investigación. Así dio inicio al Proyecto Manhattan, que bajo la dirección de Robert Oppenheimer, desarrollaría en seis años la primera bomba nuclear.

Así fue como se dio la entrada a la era atómica: gracias a la colaboración entre científicos, políticos y militares, pero sobre todo debido a una carta, al azar, y a la fortuna.

También por la entrega de una secretaria decidida que conocía como nadie a su jefe, y gracias a un chico atento que paseaba por la playa una tarde de verano, cuyo destino se ha desvanecido en la historia.

NotasRelacionadas

Un hombre halla restos óseos mientras recolectaba leña en Santiago del Estero
Sociedad

Un hombre halla restos óseos mientras recolectaba leña en Santiago del Estero

30 julio, 2026
Inmuebles, vehículos y alhajas, entre otros agenda de próximas subastas online
Sociedad

Inmuebles, vehículos y alhajas, entre otros agenda de próximas subastas online

29 julio, 2026
Cáscaras de huevo: un recurso nutricional para la alimentación canina
Sociedad

Cáscaras de huevo: un recurso nutricional para la alimentación canina

29 julio, 2026
Conflicto vecinal en Santa Fe culmina con seis detenidos
Sociedad

Conflicto vecinal en Santa Fe culmina con seis detenidos

29 julio, 2026
Juicio por Loan: detalles y testimonios clave de los cuatro testigos que declararán este miércoles
Sociedad

Juicio por Loan: detalles y testimonios clave de los cuatro testigos que declararán este miércoles

29 julio, 2026
Deberá compensar a un exparticipante de Gran Hermano por acusaciones infundadas sobre su paternidad
Sociedad

Deberá compensar a un exparticipante de Gran Hermano por acusaciones infundadas sobre su paternidad

28 julio, 2026

Copyright © 2020. Todos los derechos reservados.

  • Home