Ambos productos tienen características distintas. Los créditos UVA están respaldados por una garantía inmobiliaria y pueden extenderse durante plazos de hasta 30 años. Los préstamos personales, en cambio, suelen utilizarse para cubrir gastos de consumo o necesidades imprevistas y, por lo general, no cuentan con una garantía específica.
En el caso de los hipotecarios UVA, la propiedad funciona como respaldo de la operación, mientras que el capital adeudado se actualiza según la evolución de la Unidad de Valor Adquisitivo, vinculada a la inflación. Este mecanismo contribuye a preservar el valor real del préstamo a largo plazo, aunque también implica que la deuda y las cuotas pueden aumentar con los precios.
Los préstamos personales dependen principalmente de la capacidad de pago futura de cada solicitante. Cuando los ingresos pierden fuerza o crece la morosidad, aumenta el riesgo de que las entidades no recuperen el dinero prestado. Esa posibilidad se refleja en tasas de interés más elevadas.
De acuerdo con un informe reciente de una consultora, en agosto las tasas nominales anuales de los créditos destinados a empresas descendieron hasta ubicarse cerca del 26%, mientras que las correspondientes a los préstamos personales se mantuvieron alrededor del 65%. Según el mismo relevamiento, la tasa de estos últimos equivale a 3,2 veces la de un plazo fijo, cuando un año atrás la relación era de aproximadamente 1,6 veces.
La diferencia muestra que el financiamiento al consumo continúa siendo más costoso que otras alternativas. Aunque algunas líneas de crédito comenzaron a abaratarse, los préstamos personales todavía están condicionados por los niveles de incumplimiento de los deudores.
En paralelo, los créditos hipotecarios UVA volvieron a ganar espacio dentro del sistema financiero. La garantía inmobiliaria y la actualización del capital mediante la UVA ofrecen a los bancos herramientas para gestionar el riesgo de las operaciones de largo plazo en un contexto inflacionario.
La recuperación de la demanda también contribuyó a este proceso. Para muchas familias con ingresos formales, el crédito hipotecario representa una posibilidad de acceder a una vivienda sin tener que disponer previamente de todo el dinero necesario para comprarla. De esta manera, volvió a vincular el ahorro, la actividad bancaria y el mercado inmobiliario.
El panorama es más complejo para el crédito de consumo. La falta de garantías específicas y los elevados niveles de morosidad limitan el margen de las entidades para reducir rápidamente las tasas. Por eso, los préstamos personales siguen funcionando principalmente como una herramienta para afrontar necesidades puntuales.
Para que el financiamiento al consumo pueda recuperarse, será necesario que disminuya de manera sostenida la morosidad, se consolide la estabilidad macroeconómica y bajen los costos de fondeo de los bancos. También será determinante una mejora de los ingresos reales: si los hogares fortalecen su capacidad de pago, las entidades tendrán más margen para ofrecer tasas competitivas y ampliar el acceso al crédito.












